Paradigmas.- La detención de Nicolás Maduro no es un hecho menor; es un golpe de realidad que resuena más allá de las fronteras venezolanas.
Mientras Estados Unidos y la comunidad internacional debaten sobre la legalidad del acto, y gobiernos como el de México expresan su condena siguiendo la tradición de la diplomacia morenista, lo cierto es que millones de venezolanos viven desde hace años la brutal consecuencia de un poder que se construyó sobre la ignorancia y la dependencia.
Criticar a Donald Trump por supuesta violación de la soberanía venezolana parece un ejercicio académico para quienes no conocen el dolor cotidiano del pueblo bajo el chavismo.
Comprar conciencias, mantener cautiva a una población con migajas, pan y circo, y someterla a la corrupción y el miedo no puede justificarse bajo ninguna norma internacional. La soberanía no es un escudo para el abuso sistemático de los derechos humanos, la democracia o la economía de un país.
Décadas de abandono, de crisis alimentaria, sanitaria y educativa, no pueden compararse con un solo acto de justicia que, aunque polémico, podría abrir la puerta a la libertad.
La política internacional suele verse desde la legalidad, pero la moral y la historia también pesan, un régimen que ha sometido a su pueblo a la opresión y la miseria no puede refugiarse detrás de la bandera de la soberanía cuando su gobernanza ha sido un crimen cotidiano contra la humanidad.
Ahora, Venezuela tiene una oportunidad única. La detención de Maduro marca el inicio de un camino hacia la transformación, hacia la reconstrucción de instituciones, la recuperación de la democracia y la garantía de derechos básicos para su pueblo.
No será fácil, y nadie garantiza que la política internacional se alinee sin tensiones, pero este es el momento de poner a las víctimas en el centro de la historia y no a quienes durante años las relegaron al olvido.
Celebrar esta etapa no es festejar la intervención de otro país, sino reconocer que los años de oscuridad finalmente tienen un final.
Y para los que defienden la soberanía de un régimen, convendría recordar que la verdadera soberanía se ejerce respetando y protegiendo a quienes la constituyen: el pueblo, ¿no cree usted?
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