Paradigmas.- El poder absoluto no cae, se desploma. Y cuando lo hace, deja al descubierto lo que siempre fue.
Nicolás Maduro gobernó Venezuela durante años amparado en una maquinaria de miedo, propaganda y represión que convirtió al Estado en botín y a la población en rehén. Hoy, lejos del palacio y de los micrófonos, su figura ya no impone, se achica, se reduce. Se enfrenta a aquello que siempre evitó: la responsabilidad.
Pensar en Maduro sin cabello, sin bigote y vestido con el uniforme de un reo no es una fantasía gratuita, sino una síntesis moral.
Es la imagen de un hombre al que se le han arrancado los símbolos del poder que usó para humillar, perseguir y empobrecer a todo un país.
Sin su bigote, convertido en marca autoritaria, sin el peinado cuidadosamente repetido en cadena nacional, sin la banda invisible del mando, queda lo esencial: un individuo acusado, sin épica, sin pueblo, sin historia que lo proteja.
El uniforme no representa castigo; representa igualdad ante la ley, algo que Maduro negó sistemáticamente a millones de venezolanos.
Bajo su mandato, Venezuela no solo colapsó económicamente: fue desmantelada institucionalmente, se persiguió a la disidencia, se vació el sistema electoral de credibilidad, se normalizó la represión y se convirtió la miseria en herramienta de control.
Millones emigraron no por elección, sino por expulsión, cada apagón, cada hospital sin insumos, cada salario pulverizado tuvo responsables concretos, aunque durante años se intentara diluirlos en discursos antiimperialistas y conspiraciones externas.
Que hoy enfrente procesos judiciales no borra el daño causado, pero rompe el mito de la impunidad eterna. No devuelve a los muertos, no repara el exilio, no recompone a las familias fragmentadas, pero marca un punto de inflexión: el momento en que el poder deja de ser escudo y se convierte en carga.
El horizonte sigue gris para Venezuela, porque ningún país se reconstruye solo con la caída de un hombre, pero hay algo irrevertible en este momento: el rostro del poder autoritario ha sido despojado de sus artificios, ya no hay balcón, ni cadena, ni gritos.
Solo queda la memoria de lo que se hizo y la exigencia de que, por una vez, las atrocidades no queden sin nombre ni sin consecuencia, ¿no cree usted?.
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