Paradigmas.- En Quintana Roo las encuestas ya no miden: entretienen. Se publican como si fueran diagnósticos serios, pero cada vez se parecen más a ejercicios de imaginación colectiva.
La más reciente joya estadística, difundida con solemnidad académica, asegura que Yensunni Martínez, alcaldesa de Othón P. Blanco, es la presidenta municipal mejor evaluada del estado. Sí, leyó usted bien. La misma Chetumal que padece servicios deficientes, calles deterioradas, inseguridad creciente y una administración gris, resulta ser el paraíso de la aprobación ciudadana., es de risa.
La casa encuestadora “GobernArte” nos presenta su “ranking” como una “fotografía del momento político-administrativo”.
Según el estudio, Yensunni Martínez alcanza un 56.6% de aprobación, superando a alcaldesas de municipios turísticos con presupuestos, obras visibles y exposición nacional. ¿De verdad alguien en Chetumal cree eso? ¿De verdad alguien fuera del círculo oficialista se lo toma en serio?
El exceso de encuestas ha provocado justo lo contrario de lo que se supone deberían generar: credibilidad.
Hoy son tantas, tan frecuentes y tan complacientes, que han perdido toda capacidad de sorprender o convencer. Cada ranking parece diseñado no para informar, sino para quedar bien. No con la ciudadanía, sino con el poder.
Porque si algo queda claro en este tipo de mediciones es que la percepción ciudadana real, la que se escucha en la calle, en los mercados, en las colonias, no coincide con la percepción estadística publicada.
En Othón P. Blanco, la inconformidad es cotidiana. La falta de resultados es evidente. El desencanto es palpable. Pero en la encuesta todo eso desaparece mágicamente y se convierte en un cómodo primer lugar.
El problema no es solo esta encuesta. Es la industria completa del aplauso medido, salvo honrosas excepciones.
Casas encuestadoras que aparecen y desaparecen según el ciclo político, que hablan de inteligencia artificial, aplicaciones sofisticadas y márgenes de error mínimos, pero que no logran explicar por qué sus resultados contradicen la realidad observable.
Se escudan en la metodología, pero olvidan que ningún algoritmo puede maquillar una mala gestión sin que se note.
Además, 585 encuestas para 11 municipios, con una tasa de rechazo del 51%, pretenden definir el ánimo de todo un estado. Y aun así, se presentan como verdades casi científicas. El problema no es el margen de error estadístico; es el margen de credulidad que se le exige al lector.
Resulta sintomático que estas mediciones siempre beneficien a los mismos perfiles, en los mismos momentos y con narrativas similares: “liderazgo”, “buen desempeño”, “aprobación ciudadana”. Palabras huecas que no pavimentan calles, no resuelven la inseguridad ni mejoran los servicios públicos, pero eso sí, funcionan muy bien para boletines y redes sociales.
La pregunta no es si la encuesta es correcta o no. La pregunta es: ¿para qué sirve? Desde luego, no para entender el estado real de los municipios. Sirve para construir una percepción artificial, para sostener discursos triunfalistas y para simular una legitimidad que no se gana en el papel, sino en la gestión diaria.
Mientras tanto, la ciudadanía observa con escepticismo. Porque podrá haber rankings, gráficas y porcentajes, pero la realidad, esa que no se puede encuestar tan fácilmente, termina imponiéndose. Y en Chetumal, esa realidad dista mucho de ser la de una alcaldesa “mejor evaluada”.
Las encuestas no son el problema. El problema es cuando se usan como ficción política. Y cuando eso pasa, dejan de ser un termómetro para convertirse en un chiste mal contado, ¿no cree usted?.
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