En pleno Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer, ayer 4 de febrero, el mundo perdió a Lily Márquez Landa, quien durante años combatió con valentía una enfermedad que no le dio tregua. Cáncer en huesos, meninges, médula ósea y cerebro marcaron su camino, pero jamás su espíritu.

Para muchos, Lily era conocida por ser hermana de la cantante Edith Márquez.

Para mí, sin embargo, fue algo más: tuve la fortuna de trabajar con ella en la década de los 90 en Turismo Bancomer.

En medio de un gran equipo de trabajo, Lily destacaba no solo por su talento y profesionalismo, sino por su amabilidad y ternura, cualidades que dejaban huella en todos los que teníamos la suerte de convivir con ella.

Hace apenas semana y media, Lily y su hijo, el actor José Camar, solicitaron apoyo económico para continuar con sus cuidados paliativos.

Ver a José, tan joven y lleno de amor por su madre, confronta de manera dolorosa la realidad que enfrentan muchas familias: la falta de acompañamiento médico, emocional y económico para quienes luchan contra el cáncer en sus etapas más avanzadas.

La partida de Lily no solo deja un profundo duelo familiar; también nos recuerda la urgencia de reflexionar sobre el sistema de apoyo a pacientes oncológicos y la importancia de estar presentes, no solo en los hospitales, sino también en la vida de quienes enfrentan esta enfermedad con coraje.

Lily Márquez Landa se va, pero su ejemplo de valentía y humanidad permanecerá. Su historia exige más que lágrimas: nos reta a mirar de frente la lucha contra el cáncer y a acompañar a quienes, como ella, nunca dejaron de pelear.

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